La espera fue muy intensa. Todos los ojos observaban Copenhague expectantes ante la última decisión. La ilusión y la esperanza pudieron al racionalismo y a la lógica, hasta los escépticos terminaron creyendo ebrios de tantas corazonadas. Madrid y una gran parte de la población española levantaron sus manos con las palmas abiertas invitando a venir a los juegos olímpicos de 2016. La expectación se hizo ilusión.
La decepción fue mayúscula cuando de aquel sobre salió el nombre de Río de Janeiro la lógica y la razón volvieron a instalarse en la cabeza de los españoles. La mayoría decidieron pasar página lo más rápido posible y volver a sus problemas cotidianos. La capital danesa se borró de sus cabezas. Quizás en el 2020, o quizás no.
Nadie sabe cómo estará dentro de diez años. Nadie lo sabe porque el 7 de diciembre en Copenhague se dará lugar la cita más importante de la historia actual. No atañe al olimpismo, ni a Madrid, atañe al problema más grave que tiene la humanidad: el cambio climático. La unión, la fuerza, la esperanza que ha demostrado la sociedad acerca de un acto como la elección de una sede olímpica no se da cuando se habla de la destrucción de la tierra. Los científicos no tienen corazonadas, ellos afirman que queda poco.
Víctor Gutiérrez Sanz
AyG
domingo 4 de octubre de 2009
miércoles 16 de septiembre de 2009
¿Tradición y cultura?
Un año más se ha llevado a cabo la tradición del Toro de la Vega en Tordesillas. Un año más un toro ha sido alanceado por cientos de jóvenes que buscaban obtener el reconocimiento de matar a un animal con “valor”. Un año más los antitaurinos han gritado sus consignas entre insultos y amenazas. Un año más Tordesillas ha festejado la tortura de un animal, premiado al asesino y lo ha indultado con el reconocimiento de toda la villa.
Sin embargo este año no todo ha sido igual. Ha habido más manifestante en contra del Toro de la Vega. Los antitaurinos han sido silenciados y encerrados en un descampado. Moscatel, el animal, luchó ferozmente por defender su vida, nadie se apiadó de él. Los medios de comunicación han dado menos espacio informativo a las protestas y reivindicaciones. Los lanceros han impedido cualquier cámara fotográfica en el festejo que pudiera plasmar la agonía del animal.
Pese a todo, la barbarie continúa. Bajo el patrocinio de la Junta de Castilla y León y de la Diputación de Valladolid se asesinó a Moscatel. El rito año tras año se repite, y cada vez más gente se pregunta: ¿toda tradición es cultura?
Víctor Gutiérrez Sanz
AyG
Sin embargo este año no todo ha sido igual. Ha habido más manifestante en contra del Toro de la Vega. Los antitaurinos han sido silenciados y encerrados en un descampado. Moscatel, el animal, luchó ferozmente por defender su vida, nadie se apiadó de él. Los medios de comunicación han dado menos espacio informativo a las protestas y reivindicaciones. Los lanceros han impedido cualquier cámara fotográfica en el festejo que pudiera plasmar la agonía del animal.
Pese a todo, la barbarie continúa. Bajo el patrocinio de la Junta de Castilla y León y de la Diputación de Valladolid se asesinó a Moscatel. El rito año tras año se repite, y cada vez más gente se pregunta: ¿toda tradición es cultura?
Víctor Gutiérrez Sanz
AyG
martes 28 de julio de 2009
La nueva era cosmopolita
La vida genera pequeñas parodias que se incrustan en la memoria con el fin de ser recordadas en la posteridad. Son momentos singulares llenos de magia que se suscriben bajo el nombre de anécdotas. Se podría realizar una sinestesia y caracterizarlos como el sabor de la vida. Siguiendo este proceso de confusión de los sentidos se debe describir lo que se cuenta a continuación como picante, muy picante.
La situación es variopinta y surrealista. Se trata del fruto de un momento histórico, la concepción pura de una aldea global en la que las fronteras se resquebrajan y los miedos se escapan por sus grietas.
El escenario de lo ocurrido era hermoso. Una reserva natural cuyo pueblo más cercano se encontraba a veinte minutos a pie. Un lago, situado a escasos veinte metros de la vivienda, descansaba en la absoluta tranquilidad de la noche mientras una turba de mosquitos hostigada por el calor se abalanzaba sobre los protagonistas en busca de sangre fresca. Serbia es un país que se extiende bajos los ojos como la inmensidad de la llanura de un océano. Cuando se mira al norte o al sur solo se puede ver cielo, y por la noche, estrellas. Daba igual que a treinta kilómetros estuviera la frontera húngara. El cielo seguía sin privatizarse. No se podía vislumbrar ninguna barrera que separara las constelaciones por propietarios.
El calor, que se había convertido en asfixiante durante los últimos días, daba un respiro a los protagonistas por la noche. Estos, entre cerveza y cerveza no dejaban de hablar en inglés, suspirando, chillando y asintiendo como gesto de su aprobación. Se escuchaban y hacían como que se escuchaban en busca de su turno de palabra. Generalmente la conversación la monopolizaban un joven alemán y una chica rusa. A su alrededor se crearon dos bloques de pensamientos enfrentados. Junto con el punto de vista ruso se situaba un serbio. Junto al alemán un español. Y sin saber que decir, ni que pensar una coreana del sur. Los demás ya estaban acostados. Ni francesas, ni finlandesas, ni ningún personaje más aportó ideas en la discusión.
Recapitulando: un alemán, una rusa, un serbio, una coreana del sur y un español se encontraban discutiendo en inglés al lado de un lago, en Serbia, a treinta kilómetros de la frontera con Hungría mientras millares de mosquitos intentan comerles vivos. Lo único que falta en la historia es definir el tema de conversación. Pudo haber sido la cerveza, el trabajo o el calor que hacía, pero no fue así. Hablaron de los nacionalismos.
Miles de historias diferentes se abalanzaron sobre ellos. Georgia, Kosovo, Yugoslavia, los Balcanes, los eslavos, el País Vasco, Cataluña, el federalismo, el nacionalismo, las culturas y ellos mismos. Cada uno tenía su postura. Cada país tenía sus problemas. La esencia era la misma y la solución la tenían ante sus ojos.
¿Nacionalismo o cultura? ¿Aldea global o cosmopolita? Ante ellos se abría la inmensa interrogante que cubría ya siglos de historia. La globalización que caracteriza el siglo XX les había fabricado de manera muy similar. Sin embargo sus culturas los diferenciaban. No se trataba de su identidad nacional, ni de la patria, ni de banderas, ni de himnos. Estos no eran más que marcas construidas artificialmente. Adidas, McDonald’s y sus respectivas naciones no eran muy diferentes. Lo único y que les hacía únicos era la cultura.
Se dieron cuenta de que esa esencia podría desaparecer tras la globalización del imperio coca-cola. Estaba claro que debían cambiar el enfoque. Coincidieron todos en la absurdez de las fronteras. Remarcaron la importancia de la cultura popular. Levantaron la única bandera que puede existir: la de la tolerancia. Y decidieron que la belleza del mundo residía en un espacio cosmopolita, no globalizado ni oprimido bajo una verdad monolítica.
Eran sueños de una noche de verano en la que todos estaban dispuestos a cambiar el mundo. ¿Utopías? Puede ser, pero no diacrónicas. Esta era la primera generación que podría ser capaz de constituir un nuevo orden. ¿Cuándo antes se podía tomar esta situación como algo cotidiano? Si el picante es un sabor de la vida es porque siempre ha existido un espíritu de lucha e inconformismo.
El cambio está ocurriendo. Rusos, alemanes, serbios, coreanos y españoles discuten sin producir daños colaterales.
Víctor Gutiérrez Sanz
AyG
La situación es variopinta y surrealista. Se trata del fruto de un momento histórico, la concepción pura de una aldea global en la que las fronteras se resquebrajan y los miedos se escapan por sus grietas.
El escenario de lo ocurrido era hermoso. Una reserva natural cuyo pueblo más cercano se encontraba a veinte minutos a pie. Un lago, situado a escasos veinte metros de la vivienda, descansaba en la absoluta tranquilidad de la noche mientras una turba de mosquitos hostigada por el calor se abalanzaba sobre los protagonistas en busca de sangre fresca. Serbia es un país que se extiende bajos los ojos como la inmensidad de la llanura de un océano. Cuando se mira al norte o al sur solo se puede ver cielo, y por la noche, estrellas. Daba igual que a treinta kilómetros estuviera la frontera húngara. El cielo seguía sin privatizarse. No se podía vislumbrar ninguna barrera que separara las constelaciones por propietarios.
El calor, que se había convertido en asfixiante durante los últimos días, daba un respiro a los protagonistas por la noche. Estos, entre cerveza y cerveza no dejaban de hablar en inglés, suspirando, chillando y asintiendo como gesto de su aprobación. Se escuchaban y hacían como que se escuchaban en busca de su turno de palabra. Generalmente la conversación la monopolizaban un joven alemán y una chica rusa. A su alrededor se crearon dos bloques de pensamientos enfrentados. Junto con el punto de vista ruso se situaba un serbio. Junto al alemán un español. Y sin saber que decir, ni que pensar una coreana del sur. Los demás ya estaban acostados. Ni francesas, ni finlandesas, ni ningún personaje más aportó ideas en la discusión.
Recapitulando: un alemán, una rusa, un serbio, una coreana del sur y un español se encontraban discutiendo en inglés al lado de un lago, en Serbia, a treinta kilómetros de la frontera con Hungría mientras millares de mosquitos intentan comerles vivos. Lo único que falta en la historia es definir el tema de conversación. Pudo haber sido la cerveza, el trabajo o el calor que hacía, pero no fue así. Hablaron de los nacionalismos.
Miles de historias diferentes se abalanzaron sobre ellos. Georgia, Kosovo, Yugoslavia, los Balcanes, los eslavos, el País Vasco, Cataluña, el federalismo, el nacionalismo, las culturas y ellos mismos. Cada uno tenía su postura. Cada país tenía sus problemas. La esencia era la misma y la solución la tenían ante sus ojos.
¿Nacionalismo o cultura? ¿Aldea global o cosmopolita? Ante ellos se abría la inmensa interrogante que cubría ya siglos de historia. La globalización que caracteriza el siglo XX les había fabricado de manera muy similar. Sin embargo sus culturas los diferenciaban. No se trataba de su identidad nacional, ni de la patria, ni de banderas, ni de himnos. Estos no eran más que marcas construidas artificialmente. Adidas, McDonald’s y sus respectivas naciones no eran muy diferentes. Lo único y que les hacía únicos era la cultura.
Se dieron cuenta de que esa esencia podría desaparecer tras la globalización del imperio coca-cola. Estaba claro que debían cambiar el enfoque. Coincidieron todos en la absurdez de las fronteras. Remarcaron la importancia de la cultura popular. Levantaron la única bandera que puede existir: la de la tolerancia. Y decidieron que la belleza del mundo residía en un espacio cosmopolita, no globalizado ni oprimido bajo una verdad monolítica.
Eran sueños de una noche de verano en la que todos estaban dispuestos a cambiar el mundo. ¿Utopías? Puede ser, pero no diacrónicas. Esta era la primera generación que podría ser capaz de constituir un nuevo orden. ¿Cuándo antes se podía tomar esta situación como algo cotidiano? Si el picante es un sabor de la vida es porque siempre ha existido un espíritu de lucha e inconformismo.
El cambio está ocurriendo. Rusos, alemanes, serbios, coreanos y españoles discuten sin producir daños colaterales.
Víctor Gutiérrez Sanz
AyG
lunes 8 de junio de 2009
Mata que no les duele
Mucha gente sueña con poder no sentir el dolor. Convertirse en una especie de superhéroe capaz de parar las balas con las manos y recibir golpes sin inmutarse. Insensibilidad añorada por tantos niños que imitando a Superman se golpearon en la rodilla. Intentaron volar, saltaron desde la mesa y en mitad del vuelo descubrieron el poder de la gravedad. No lo volverán a hacer.
El dolor no siempre se trata de algo negativo. Cuando te golpeas, te quemas o notas la molestia en una muela tu cuerpo te avisa de que algo va mal. Un impulso nervioso que recorre las neuronas por distintos caminos, hacia la médula espinal provocando un arco reflejo o hacia el cerebro dando la señal de alarma, mantiene comunicado tu cuerpo y tu mente. Una cadena perfectamente estructurada de acciones y reacciones. El sufrimiento es una ventaja evolutiva, quien no lo padece tiene un grave problema.
La analgesia congénita es una rara patología que conlleva la indiferencia del individuo a la dolencia física. Su sistema genera una sobreabundancia de endorfinas que lo anestesian permanentemente frente a cualquier dolor. El niño se tira de la mesa imitando a Superman, descubre que no puede volar, pero le hace gracia y sigue probando. Una apendicitis, una hemorragia interna, o un golpe fuerte los puede matar sin que se enteren de lo que les pasa.
Las personas que sufren esta enfermedad son insensibles físicamente, no psicológicamente. En la sociedad global se ha producido el efecto contrario, existe una hipersensibilidad al propio dolor y una analgesia contra las enfermedades del mundo. Violencia, datos de hambrunas y masacres en lugares recónditos no producen ninguna dolencia en la población. Se ha roto la cadena de acción reacción.
Las endorfinas que adormecen a la sociedad no actúan constantemente. Parece ser que aún se perciben ciertos estímulos que provocan el desasosiego en las personas. Eve of destruction (Vísperas de destrucción) es una canción de los años 60 compuesta por P. F. Sloan y convertida en himno de una generación por la voz de Barry McGuire. En ella avisan de que el mundo está herido, que existe una terrible hemorragia interna que le quita poco a poco la vida. La canción transmite una rabia frustrada, provoca malestar, ganas de gritar y correr. Alejarse de la muerte, la sangre y las vísceras de destrucción que salpican con cada bombazo.
Pero la canción llega al final y todo vuelve a la normalidad. Los últimos acordes se acompañan de una voz ya exhausta por gritar todas las injusticas que se cometen. Entre la ironía y la frustración vuelve cantar una vez más el estribillo que dice “¿Amigo no te crees que estamos en las vísperas de la destrucción?”. Tres minutos y veintinueve segundos. Se acaba la canción. Concluye el texto. Miles de personas mueren cada día. Indiferencia. Insensibilidad. Anestesia social. ¡Destrucción!
AyG
Víctor Gutiérrez Sanz
El dolor no siempre se trata de algo negativo. Cuando te golpeas, te quemas o notas la molestia en una muela tu cuerpo te avisa de que algo va mal. Un impulso nervioso que recorre las neuronas por distintos caminos, hacia la médula espinal provocando un arco reflejo o hacia el cerebro dando la señal de alarma, mantiene comunicado tu cuerpo y tu mente. Una cadena perfectamente estructurada de acciones y reacciones. El sufrimiento es una ventaja evolutiva, quien no lo padece tiene un grave problema.
La analgesia congénita es una rara patología que conlleva la indiferencia del individuo a la dolencia física. Su sistema genera una sobreabundancia de endorfinas que lo anestesian permanentemente frente a cualquier dolor. El niño se tira de la mesa imitando a Superman, descubre que no puede volar, pero le hace gracia y sigue probando. Una apendicitis, una hemorragia interna, o un golpe fuerte los puede matar sin que se enteren de lo que les pasa.
Las personas que sufren esta enfermedad son insensibles físicamente, no psicológicamente. En la sociedad global se ha producido el efecto contrario, existe una hipersensibilidad al propio dolor y una analgesia contra las enfermedades del mundo. Violencia, datos de hambrunas y masacres en lugares recónditos no producen ninguna dolencia en la población. Se ha roto la cadena de acción reacción.
Las endorfinas que adormecen a la sociedad no actúan constantemente. Parece ser que aún se perciben ciertos estímulos que provocan el desasosiego en las personas. Eve of destruction (Vísperas de destrucción) es una canción de los años 60 compuesta por P. F. Sloan y convertida en himno de una generación por la voz de Barry McGuire. En ella avisan de que el mundo está herido, que existe una terrible hemorragia interna que le quita poco a poco la vida. La canción transmite una rabia frustrada, provoca malestar, ganas de gritar y correr. Alejarse de la muerte, la sangre y las vísceras de destrucción que salpican con cada bombazo.
Pero la canción llega al final y todo vuelve a la normalidad. Los últimos acordes se acompañan de una voz ya exhausta por gritar todas las injusticas que se cometen. Entre la ironía y la frustración vuelve cantar una vez más el estribillo que dice “¿Amigo no te crees que estamos en las vísperas de la destrucción?”. Tres minutos y veintinueve segundos. Se acaba la canción. Concluye el texto. Miles de personas mueren cada día. Indiferencia. Insensibilidad. Anestesia social. ¡Destrucción!
AyG
Víctor Gutiérrez Sanz
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