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lunes, 1 de agosto de 2011

New York

La grandeza y la belleza de Nueva York residen en el hecho de que cada uno de nosotros lleva consigo una historia que se convierte inmediatamente en neoyorquina. Cada uno de nosotros puede añadir un estrato a la ciudad, consciente del hecho de que en Nueva York se encuentra la síntesis entre una historia local y una historia universal. (Vilém Vok, El centro).


Fotografía: Víctor Gutiérrez Sanz

AyG

sábado, 7 de mayo de 2011

Seguiremos leyendo


Aquel día, cuando El Principito le dijo al Aviador que quería seguir leyendo, se rompió La tregua. La tensa calma que había reinado en el desierto durante unos días se esfumó con aquellas palabras.
- Pero, ¿sabes que al final del libro mueres, verdad? – le preguntó extrañado el Aviador.
- Sí, lo sé. Sin embargo, prefiero la Nada a la incertidumbre – refutó el joven muchacho.
- Como tú desees, no seré yo quién te lo impida, pero has de ser consciente de que me pides que te mate A sangre fría.
- Tú lee... Solo lee. Quiero que cambie mi vida, pero, por favor, no lo hagas muy deprisa. Hazlo lento, como El viaje de un elefante.
- Claro, leeré con pausa. Me fijaré en cada objeto, en cada piedra, en cada palabra... Con mi voz construiré un Túnel del que nunca saldremos – susurró con un llanto contenido.
- Pero no llores. No por mí, ni por ti; porque tú y yo nos conocimos. ¿Qué prefieres: los Cien años de soledad a los que están destinados los Números Primos, o La historia Interminable de nuestra amistad?
- No lo sé... Realmente, preferiría hacer un pacto con el Diablo, como Fausto, y vender mi alma por la tuya, que aún es pura.
- ¿Prefieres ser Drácula antes que estar muerto? – cuestionó el Principito.
- No, pero no me importaría ser un Frankenstein con tal de vivir a tu lado.
- ¡Insensato! Yo soy quien le dio El nombre a la Rosa, y tú quien ganó a La sombra del viento. ¿Por qué cambiarlo? ¿Por qué temer?
- Porque Los santos inocentes como tú no se merecen el olvido.
- Pues no me olvides...
- Eso es lo que no entiendes: yo seguiré leyendo, narraré tu muerte, y en unos años el tiempo me torturará con el olvido. Cometeré un Crimen, y ese será mi castigo. Viviré en una Casa llena de espíritus con todas las puertas cerradas para que no se escape tu recuerdo. – le explicó el Aviador mientras las lágrimas creaban surcos en la película de polvo que cubría su cara.
El Principito hizo un gesto de resignación. Los dos sabían que era la única solución, seguir leyendo, terminar con la historia. Armándose de valor le dio el librillo que llevaba escrito su destino y se sentó expectante a escuchar. El Aviador se aclaró la garganta y comenzó: “Entonces bajé yo mismo los ojos hacia el pie del muro y ¡di un brinco! Estaba allí, erguida hacia el Principito, una de esas serpientes amarillas que os ejecutan en treinta segundos...”.

viernes, 4 de febrero de 2011

El mentiroso ante el espejo


Las trampas son algo inherente a la vida del ser humano desde que un día sale a la calle y decide jugar al pilla pilla con otros niños. En estos divertimentos de una manera primitiva, pero funcional, se suelen establecer una serie de reglas que definen desde el campo de juego hasta la nimiedad más estrafalaria. Sin embargo, mientras estas normas son establecidas también se crean de manera paralela una serie de trampas: desde burlar los límites establecidos hasta la nimiedad más absurda. Ante este paradigma surge una pregunta: ¿son las trampas partes del juego?

En cada competición existe al menos una regla. Este principio regulador, a su vez, da forma y sentido a al menos una trampa. Cuando unos niños juegan al escondite y cuando deportistas de élite se enfrentan ante la mirada expectante de miles de espectadores, las triquiñuelas y los engaños son habituales. Esto no es nada significativo cuando solo se trata de juegos. Sin embargo, dentro de un sistema capitalista en el que uno de los pilares maestros es la competición, ¿son también las trampas una columna de nuestra realidad? 
 
La operación policial Galgo, en la que se involucra a notorios atletas con casos de supuesto dopaje, ha causado conmoción en el mundo del deporte y en la sociedad. Los recientes éxitos cosechados por deportistas españoles han hecho que mucha gente viera en ellos el reflejo de una nación vencedora. Pero este espejismo se ha empañado con la ambición malentendida. Aquellos jóvenes que enarbolaban el orgullo patrio de la hinchada son, ahora, villanos y parias. ¿No es esto hipocresía?

En el mundo del deporte de alto nivel se desarrollan continuamente técnicas para mejorar el rendimiento. Estas pueden ser nuevos conceptos deportivos, tácticas, preparación física… O, también, la administración y utilización de sustancias y métodos prohibidos, que es lo que comúnmente se denomina dopaje. La ingesta por parte de los deportistas de agentes anabólicos, como los esteroides, puede incrementar su fuerza y potencia. La utilización de hormonas antagonistas y moduladoras quizás aumente la masa muscular. La transferencia de oxígenos a la sangre supondrá un mayor rendimiento. En resumen, el dopaje se puede traducir en una notoria mejora de las marcas y los registros, lo que, en última instancia, puede suponer un triunfo o una platea. Este comportamiento es ilegal... entonces, ¿por qué se comenten trampas?

La última de las cuatro preguntas que se han expuesto es la más sencilla de contestar. Tras los muchos casos de dopaje se esconde el paradigma intrínseco de toda competición: la ambición por la victoria. Esta ansia vencedora puede estar motivada por miles de causas: el reconocimiento, la retribución económica, el afán de superación… Y para conseguirla los deportistas entrenan hasta llegar al límite de sus capacidad humana. Una vez alcanzan el filo de sus posibilidad hay dos caminos posibles: la resignación y, por consiguiente, la aceptación de sus limitaciones; o, la alternativa de otras soluciones exta deportivas como el dopaje.

Cuando casos de dopaje salen a la luz se produce escarnio público. Sin embargo, cuando un estudiante, que no ha conseguido estudiar lo suficiente, se enfrenta a un examen, copia y aprueba no saltan las alarmas. Cuando un autónomo, en una situación económica angustiosa, decide obviar el IVA en una factura no saltan las alarmas. Cuando un deportista de alto nivel, que ha luchado toda su vida por conseguir esa marca y está a punto de lograrla, toma sustancias ilícitas la indignación es el sentimiento general. Por ello, la respuesta a la tercera pregunta expuesta es más compleja, ya que es personal. ¿Hipocresía? ¡Quién sabe! Que alguien se atreva a seguir la parábola y lanzar piedras contra su propio tejado.

El deportista, como se repitió hasta la saciedad con cada triunfo, es reflejo de la sociedad. Del afán de superación, de la lucha, de la especialización... del ganar a cualquier costa. Pero ante este espejo en el cual todos se querían ver levantando la copa del éxito, ahora, hay una bandera roja y gualda tejida de jirones de hipocresía. Ninguna de las dos visiones es un espejismo. Ambas son reales. El éxito y el fracaso. La superación personal y las trampas. Son las dos caras de una moneda, del capitalismo. Por tanto, se podría decir que sí a la segunda pregunta. Las trampas son una columna maestra de nuestra sociedad.

Esta reflexión provoca que se evoque la primera pregunta desde otro punto de vista. ¿Son las trampas parte del juego? La respuesta fácil es negar la premisa: las trampas no son morales y, por tanto, son solo una perversión del juego originario. La realidad es mucho más compleja. Se puede ver la dificultad de articular una respuesta con dos grandes hitos del deporte: el primero fue una acción en la que un futbolista utilizó la mano para meter un gol (acción ilegal) el 22 de junio de 1986 en México. El jugador se llamaba Maradona. La extremidad, la mano de Dios. El segundo de los hitos, en el polo opuesto, es Ben Jonhson. El atleta pasó de ser un triunfador a un paria por dar positivo tras ganar la final de 100 metros en los Juegos Olímpicos de Seúl en 1988.

¿Cómo se puede responder entonces a la primera cuestión? La contestación se puede hallar en la sociología. La sociedad ha dado dos respuestas a la largo de la historia: loas y críticas. Los casos de dopaje son un ejemplo de los principios más intrínsecos del sistema actual. Son reflejos de mentirosos.

AyG
Víctor Gutiérrez Sanz

jueves, 25 de noviembre de 2010

Extraños

Esta mañana he vuelto a encontrar la tapa del váter levantada, la ducha goteando y el espejo empañado con una nota escrita en tinta de vapor de agua. “Te quiero” ponía. En la mesa de la cocina el zumo de naranja natural, el café en el microondas y el periódico sobre la silla. Desayuné, y cuando me quise dar cuenta ya tenía que ir a recoger al niño al colegio. Le di de comer. Le ayudé a hacer los deberes. Hice la cena y la dejé en el frigorífico. Antes de irme a trabajar di un beso a mi hijo y le dije: “recuerda a papá que baje la tapa”.



AyG

Víctor Gutiérrez Sanz
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martes, 23 de noviembre de 2010

El mundo mundea

“El mundo mundea, la nada nadea”. Esta frase fue escrita por uno de los filósofos más importantes del s. XX, el alemán Heidegger. Hay quien califica esta reflexión de brillante; otros, como el pensador argentino Mario Bunge,  opinan que se trata de una sentencia carente de todo significado; y otros, simplemente, no la entienden.

Enunciados como este se pueden leer en profusión de ensayos, multitud de revistas, en páginas y páginas sin que una gran mayoría de la sociedad crea comprenderlas. Existe una parte de la comunidad intelectual que aprueba y glorifica a los pensadores que dicen algo semejante sin importarles el desconcierto que generan, ya que, conciben esas digresiones como el alimento de una pequeña oligarquía intelectual. Otra parte, en cambio, critica este uso barroco del lenguaje, que auspiciándose en una estructura gramatical compleja y en términos descontextualizados, en realidad, no dicen nada. Uno de los pensadores que más ha criticado esta postura de la corriente intelectual posmodernista ha sido el físico estadounidense Alan Sokal.

Su persona ha sido objeto de controversia durante los últimos años por sus publicaciones, libros y reflexiones, pero sobre todo, por su broma que se ha pasado a llamar: “El escándalo Sokal”. Y es que, harto de las peroratas que se producían en el ámbito intelectual, y especialmente, en el marco de las ciencias sociales; hastiado por el uso incorrecto de términos matemáticos y físicos desmarcándolos de sus significados primigenios, decidió demostrar la incongruencia en la que se estaba viviendo.

Escribió un artículo seudocientífico lleno conceptos equívocos, errores y mentiras siguiendo la estela de la corriente filosófica que criticaba. Lo hizo pasar por un ensayo fiable, contrastado y, en un ejercicio de sutil ironía, lo  tituló: “La transgresión de las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica”. El texto  se publicó en 1996, sin pasar previamente bajo la mirada de un ojo experto que se hubiera percatado fácilmente del engaño, en la revista posmodernista Social Text que se produce en la Universidad Duke.

Nadie dijo nada hasta que en el mismo año, pero en la publicación Lingua Franca, Sokal afirmó que todo se trataba de una broma pesada, un crítica feroz contra aquella oligarquía intelectual en la que se encontraban autores como Lacan, Kristeva, Irigaray, Baudrillard o Deleuze. Cuando se destapó el engaño se generó una polémica y la figura del físico estadounidense se sometió al escarnio público por unos y a las loas por otros.
Alan Sokal siguió defendiendo sus tesis y con este motivo publicó el libro Imposturas Intelectuales en 1997 con la colaboración del físico teórico belga Jean Bricmont. En este ensayo se defiende la tesis de que los posmodernistas han hecho un uso reiterado y abusivo de conceptos científicos sacándolos de contexto y sin preocuparse de si resultan pertinentes, ni siquiera de si tienen sentido.

Un absurdo que se plantea cuando, por ejemplo, la filósofa francesa Luce Iirigaray se plantea la sexualidad de la teoría de la relatividad de la siguiente manera: “¿La ecuación E=Mc2 es una ecuación sexuada? Quizá sí. Pongamos como hipótesis que si en la medida en que privilegia la velocidad de la luz en relación a otras velocidades de las cuales tenemos una necesidad vital".

Sokal arremete contra desvaríos así. Sentencias incongruentes que bien podrían ser epitafios ocurrentes para una forma de concebir el conocimiento, la ciencia y su divulgación.

AyG

Víctor Gutiérrez Sanz

 Imagen extraída de la página web: La ciencia y sus demonios

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viernes, 19 de noviembre de 2010

La hipótesis del periodista

El 24 de junio de 1947 Kenneth Arnold, piloto civil estadounidense, reportó el primer avistamiento de un objeto volador no identificado (ovni). Los medios de comunicación norteamericanos de la época se hicieron eco de este testimonio, tanto, que la propia Asociated Press (AP) publicó la noticia haciendo que pasara de tener un carácter meramente local al ámbito nacional. En las semanas y en los años siguientes el número de avistamientos se multiplicó. Había nacido el fenómeno ovni.

Las publicaciones al respecto se cuentan por miles y en el buscador de Internet Google con solo teclear el acrónimo aparecen 5. 050.000 resultados. La fiebre del ovni o de los platillos volantes comenzó cuando Kenneth Arnold narró su experiencia a la prensa, hoy, es una realidad tangible basada en las hipótesis. Nadie ha demostrado científicamente la existencia de estas naves extraterrestres, nadie ha negado la posibilidad de que haya vida en otros planetas.

Cuando el estadounidense contó su anécdota a la prensa dijo, con la intención de ejemplificar el movimiento de aquellos objetos voladores, que “se movían como un platillo lanzado a través del agua”. La prensa tomó estas palabras, las tergiversó e hicieron del término “platillo volante” un sinónimo de nave extraterrestre. Películas, libros y series de televisión se han embebido de esta representación y hoy en día es parte de la cultura popular. Un error periodístico creó los platillos volantes, pero ¿y el fenómeno ovni?

Una investigación del escritor científico Keay Davidson sugiere que aquellos ovnis reportados hace más de medio siglo por Kenneth Arnold pudieron haber sido fragmentos de meteoritos brillantes. El científico dice en su artículo que la mayoría de los avistamientos se producen en el mes de junio a mediodía. Fechas y horas en las que se originan el mayor porcentaje de entradas de meteoros en la atmósfera terrestre. Coincidencia o no, muchos avistamientos múltiples han sido contradichos por datos científicos y contrastados, como el de 1969, que gracias a la pericia de un fotógrafo se pudo demostrar que aquellos ovnis no eran más que meteoros que ionizaban el aire por el contacto. Entonces, ¿por qué la prensa trasladaba estas informaciones a sus páginas?

Arnold nuca dijo que aquellos objetos voladores tuvieran forma de plato, solo describió su movimiento. Los científicos no han demostrado que exista vida inteligente en otros planetas, tampoco lo han negado. Pero, los periodistas sí. Hablan, dictan sentencia y hacen de las hipótesis verdades impresas. En todas las facultades de comunicación se instruye a los pupilos en contrastar toda la información antes de publicarla. En no mentir, en decir la verdad, o por lo menos, en buscarla. La veracidad es el elemento intrínseco a la profesión periodística, pero las ansias de vender portadas lo corrompen.

Es innegable que la repercusión de la prensa en la sociedad es muy alta. Existe un acuerdo tácito entre el periodista y el lector, quien compra un periódico o escucha la radio espera una información, un análisis, una opinión… pero nunca una mentira, o lo que es peor, una verdad a medias.

El reportero debe andar con pies de plomo sobre un mundo cada vez más complejo. Debe observar y transcribir. Mirar y retratar. Informar. Por ello no se puede tomar una hipótesis científica como algo contrastado. Es incorrecto hacer de una conjetura una verdad con la mera intención de conseguir un titular. Kenneth Arnold vio nueve objetos voladores desde su avioneta, cada uno puede creer lo que quiera, pero no hubo ningún platillo volante, eso es un error. Aunque, ¡qué más da!, son solo hipótesis de periodistas.

AyG

Víctor Gutiérrez Sanz

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